Crisis y brecha de riesgo de pobreza por género

Crisis y brecha de riesgo de pobreza por género

Olga Cantó, Inmaculada Cebrián y Gloria Moreno[1]

Universidad de Alcalá

La llegada de la crisis económica ha tenido consecuencias devastadoras sobre la distribución de renta, por la importante destrucción de empleo, la caída real de los salarios y la congelación de muchas prestaciones. El aumento de la inequidad en la distribución de la renta no afecta de forma homogénea a toda la población, sino que tiene efectos distintos según las características de los individuos y de sus hogares. La literatura sobre pobreza y exclusión social sugiere una clara relación positiva entre el riesgo de pobreza y el género en muchos países desarrollados. En los países ricos, la menor renta disponible de los hogares con mayor proporción de mujeres está íntimamente ligada a la brecha de género en el mercado laboral, que supone también menores derechos a recibir prestaciones y pensiones de jubilación y, por tanto, incide negativamente sobre la capacidad económica de las mujeres durante todo su ciclo vital.

En el caso del mercado de trabajo español, las diferencias entre hombres y mujeres se han manifestado tradicionalmente en una persistente brecha en tasas de empleo y desempleo, en un mayor peso del trabajo a tiempo parcial (a menudo no deseado) y de los contratos de carácter temporal en el empleo femenino, en discriminación salarial de las mujeres y en una importante segregación de éstas en ocupaciones de menor remuneración.

De todos modos, las consecuencias de una profunda crisis económica sobre un determinado colectivo no van a depender exclusivamente de su riesgo de pobreza previo. El efecto que la recesión tenga sobre determinados grupos demográficos estará muy condicionado por el modo en que la crisis haya impactado sobre sus oportunidades laborales, sus salarios y prestaciones y, algo más marginalmente, por su evolución demográfica en la población.

La evolución del riesgo de pobreza de un colectivo social o demográfico es el resultado de agregar los riesgos de pobreza de individuos de diferente edad y estructura familiar que lo conforman. Esto, que parece obvio, resulta clave para poder interpretar, por ejemplo, las tendencias observadas en la brecha de género tanto en el riesgo de sufrir pobreza o exclusión del empleo durante la recesión. Cuando se analiza la evolución del riesgo de las mujeres españolas de vivir en hogares pobres (donde los ingresos del hogar no alcanzan el 60 por ciento de la mediana de renta equivalente del país), en familias sin ingresos (pobreza extrema) y en aquellos hogares más excluidos del empleo (donde todos los activos están desempleados) las tendencias de las brechas de género en todas estas dimensiones no resultan ser homogéneas por grupos de edad. Así, por ejemplo, la reducción de la brecha de género en riesgo de pobreza parece estar significativamente condicionada por una mejora relativa de la situación económica de las mujeres mayores de 65 años que perciben rentas más bien ajenas al ciclo económico, mientras que la distancia entre el riesgo de pobreza de las mujeres más jóvenes y la de los hombres similares a ellas, no se habría reducido.

Cuando se analiza el impacto de la recesión sobre las tendencias en la brecha de riesgo de pobreza por género y su evolución para diferentes grupos de edad, los resultados indican que la diferencia en la incidencia de la pobreza en hombres y mujeres se ha reducido entre 2007 y 2013 y esta reducción de la brecha de género está ligada, por un lado, a la mejora relativa de los ingresos de los individuos situados justo por debajo del umbral de la pobreza antes de la recesión y, por otro lado, con la caída del valor en euros que experimenta el umbral de pobreza entre 2007 a 2013 resultado de la caída generalizada de los ingresos en este periodo.

En realidad, los cambios que produce la crisis sobre el riesgo de pobreza por género están muy ligados los cambios en la distribución de rentas de las mujeres mayores de 65 años. Estas mujeres, muchas de ellas perceptoras de pensiones de viudedad, han visto cómo sus niveles de renta, menos condicionados por el ciclo económico, se sitúan en una mejor posición relativa hoy que en 2007, alrededor del 70 y el 80 por ciento de la mediana y, por tanto, un importante grupo de ellas no aparecen clasificadas como pobres en 2013 según el umbral estrictamente relativo. En contraste, los cambios en el bienestar económico de las mujeres en activo o en edad de trabajar en España por efecto de la crisis ha consistido más bien en una igualación (a la baja) en el nivel de renta equivalente de mujeres y hombres mientras que la recesión ha tenido un efecto muy pequeño sobre las diferencias en la brecha de riesgo de pobreza de las mujeres más jóvenes. De hecho, las mujeres entre 16 y 44 años tienen un mayor riesgo relativo de pobreza en 2013 del que tienen los hombres de su misma edad. Adicionalmente, teniendo en cuenta los cambios en peso demográfico de los grupos, con un incremento de la población más envejecida, el riesgo de pobreza en España (también la extrema) viene explicado en gran medida por la situación de mujeres y hombres entre 30 y 64 años, mientras que los menores de 30 y, sobre todo, los mayores de 65 años tienen un menor peso en el riesgo de pobreza global. Si comparamos la situación de 2007 con la de 2013 se aprecia un claro aumento en la capacidad explicativa de la pobreza de los más jóvenes en contraste con la fuerte reducción de la capacidad explicativa de los mayores de 65 que, en el caso de las mujeres, resultaba ser el grupo que más contribuía al riesgo de pobreza femenino antes de la recesión. Finalmente, si nos ocupamos del riesgo de exclusión del empleo (todos los activos desempleados en su hogar) es importante señalar que los grupos de edad que más contribuyen al indicador global de exclusión del empleo son tanto hombres como mujeres de mediana edad más mayores (entre 45 y 64 años), relativamente lejos de otros grupos de edad. En el caso de los hombres, los más jóvenes entre los de mediana edad (entre 30 y 44 años) han mejorado su posición, lo que no ha sucedido entre las mujeres de esa misma franja, que se han mantenido con una contribución bastante estable durante todo el periodo. En contraste, las mujeres más jóvenes (de entre 16 y 29 años) han reducido claramente su contribución al riesgo global de exclusión del empleo femenino, fenómeno que, en cambio, no se observa en el caso de los hombres.


[1] Las autoras agradecen la financiación de la Comunidad de Madrid y Fondos FEDER en el marco del proyecto “Desigualdad, Pobreza e Igualdad de Oportunidades” (Referencia: S2015/HUM3416).

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