Nuevas y viejas formas de pobreza laboral: la consolidación del modelo de empleo precario

Nuevas y viejas formas de pobreza laboral: la consolidación del modelo de empleo precario

El mercado de trabajo español no ha conseguido modificar sus patrones de comportamiento, ni antes, ni durante, ni en la salida de la crisis económica que vive España desde finales de 2007. Por ahora, lo único que puede afirmarse es que nuestro sistema productivo sigue siendo incapaz de generar empleo estable y reducir las desigualdades que ello genera. La principal consecuencia de su ineficacia es la consolidación de los modelos de empleo más precarios y el empobrecimiento de la población trabajadora.

Las sucesivas reformas laborales que han tenido lugar en España a lo largo de las tres últimas décadas no han logrado crear empleo de calidad, ni reducir la temporalidad, ni tampoco resolver las altísimas cifras de paro. Las consecuencias en términos de empleo y paro son desalentadoras.

Detrás de esta incapacidad se encuentra un motivo principal, a saber, la tendencia anticíclica de la productividad de la economía española. Los problemas estructurales de nuestra economía se mantienen, condicionando su futuro, su desarrollo y su estabilidad. La evolución de los niveles de productividad siguen indicando que ésta sólo es capaz de tener un comportamiento positivo durante los años de crisis, mientras que prácticamente no crece en las etapas de recuperación (en el tercer trimestre de 2014, cuando ya empezaban a vislumbrarse los primeros síntomas de recuperación, creció sólo un 0,2 por ciento[1]). Si miramos a los sectores en los que se han creado la mayor parte de los empleos nuevos, encontramos que vuelven a ser aquellos cuya actividad requiere bajos niveles de formación y cualificación, en los que el patrón de la temporalidad está más asentado y en los que también han incidido de manera especial los empleos con jornadas a tiempo parcial, así como otros elementos adicionales de inestabilidad.

Desde 2014 nuestra economía está creando empleo en lugar de destruirlo. Este cambio de tendencia ha tardado 7 años en llegar. Si el ritmo futuro de creación de empleo siguiese el mismo patrón que el de la destrucción pasada, necesitaríamos otros 7 años para alcanzar el nivel de empleo anterior al del inicio de la crisis. Ahora bien, no es sólo una cuestión de cantidad y tiempo, la pregunta importante es ¿a costa de qué? El empeño de los gobiernos por crear empleo no es suficiente para garantizar una mejoría del nivel de bienestar social. Para logarlo además de la cantidad resulta imprescindible tener en cuenta la calidad del empleo.

Los indicadores de empleo han mostrado, a lo largo de los años de la crisis, la imagen más negativa de todo el periodo democrático. Y hasta el momento, la supuesta recuperación económica no aporta ninguna imagen reveladora de cambio de tendencia ni en la estructura, ni en la calidad del empleo.

A finales de 2014 la tasa de empleo había caído hasta el 45,6 por ciento[2] de modo que 17,6 millones de personas, menos de la mitad de la población con 16 o más años, estaba realizando una actividad remunerada.  Esta caída no afectó por igual a hombres y mujeres, así la tasa de empleo masculina llegó al 51 por ciento, mientras que la femenina escasamente superó el 40 por ciento. Es indudable que estas circunstancias arrastran tras de sí un aumento de los niveles de desigualdad y de empobrecimiento de la población residente en España.

La inseguridad en el empleo es un factor de precariedad que ninguna reforma legislativa ha conseguido controlar, a pesar de estar en el origen del problema de dualidad del mercado de trabajo español. El peso de la “cultura de la temporalidad”, enraizada desde el año 1984, y la incapacidad administrativa y judicial para controlar el fraude de la contratación temporal no causal, explican en buena medida la resistencia de la temporalidad a descender. Aunque los cambios introducidos por la reforma de 2006 comenzaron a surtir efecto, la crisis económica fue la causa principal de que la tasa de temporalidad descendiese del 31,8 por ciento en el tercer trimestre de 2007, al 22 por ciento en el inicio de 2013. Sin embargo, la temporalidad  ha aumentado de nuevo, alcanzado el 24 por ciento al finalizar 2014.

Por otra parte, en los últimos años, las diferencias entre la evolución de la tasa de variación del empleo temporal y la tasa de variación del empleo indefinido hacen pensar que se mantiene el patrón anterior a la crisis y que poco o nada ha cambiado. Desde el primer trimestre de 2013, la tasa de variación interanual[3] de los trabajadores  temporales ha crecido notablemente y mantiene un ritmo de crecimiento en torno al 5 por ciento en los dos últimos trimestres de 2014. En cambio, el empleo asalariado de carácter indefinido mantuvo tasas de variación negativas hasta el segundo trimestre de 2014 y desde entonces se sitúan en torno al 2 por ciento.

Pero todavía hay más. Entre los rasgos más negativos de la evolución del mercado de trabajo se encuentran la elevada tasa de rotación y la reducida duración de los periodos de empleo, pero no sólo de los temporales, sino también de los indefinidos. Esto es consecuencia directa de que el peso de los contratos indefinidos sobre el total de la contratación a lo largo de la crisis ha caído desde el 11,5 por ciento en 2008 al 7,7 por ciento en 2013. A lo que se une el hecho de que los programas de fomento del empleo indefinido, que persiguen la equiparación de costes entre trabajadores temporales e indefinidos, crean una contratación indefinida que va a parar a puestos de trabajo inherentemente inestables, originando un aumento de la entrada en el empleo, pero también de las salidas, por lo que el stock de indefinidos no cambia o varía muy poco. Con estas prácticas es casi imposible modificar las tasas de temporalidad, reducir la rotación y aumentar la estabilidad del empleo. Como ejemplo, el 60 por ciento de los contratos indefinidos iniciados en el periodo 2005-2013 ya no existía 2 años después[4].  En este sentido se puede decir que resulta poco probable que este tipo de relaciones laborales inestables, ya sea por la falta de ajuste entre el trabajador y el puesto de trabajo, o por las propias características del puesto de trabajo, se vean corregidas por el mero hecho de un cambio nominativo del contrato y la modificación de la legislación laboral actual. Hoy por hoy, el sistema productivo español está demostrando una vez más que es incapaz de generar empleo estable, así pues, los problemas de segmentación y precariedad laboral siguen existiendo y sus costes sociales también.

Otra de las grandes apuestas de las últimas reformas ha sido el fomento del empleo a tiempo parcial. Esta figura ha sido propuesta una y otra vez como una forma de flexibilizar la jornada, dando cabida a más empleados en el mercado, aunque sea a costa de reducir el tiempo de trabajo, y por lo tanto, los ingresos y las prestaciones sociales. Cuando comenzó la crisis, en el mercado de trabajo español había un 11,1 por ciento de asalariados a tiempo parcial. Tras los años de crisis, al finalizar 2014, el porcentaje asciende al 17,4 por ciento. Este cambio se debe a la disminución del empleo a tiempo completo en un 20 por ciento y al aumento del empleo a tiempo parcial en un 24,5 por ciento. Este aumento se ha dejado sentir tanto entre la población masculina como entre la femenina, aunque todavía les separa la diferente incidencia del empleo a tiempo parcial. En 2014 había 1,9 millones de asalariadas a tiempo parcial frente a 610 mil asalariados a tiempo parcial, siendo la tasa de parcialidad de las mujeres del 27,3 por ciento y la de los hombres del 8,1 por ciento.  

Una gran desventaja de este tipo de empleos es que casi dos tercios de la población ocupada a tiempo parcial lo considera un empleo no deseado, por lo que la gran mayoría de los trabajadores a tiempo parcial lo son de manera involuntaria. Este porcentaje ha crecido espectacularmente a lo largo del periodo de crisis, siendo mayor el rechazo entre los hombres (68,5 por ciento) que entre las mujeres (60,7 por ciento).

Para finalizar, destacar una dificultad adicional que añade nuevas dosis de preocupación por el devenir de nuestro mercado de trabajo: los salarios medios percibidos por los trabajadores temporales y con jornadas a tiempo parcial son de partida inferiores a los percibidos por los trabajadores indefinidos y con jornadas a tiempo completo y además han sufrido más la devaluación salarial de los últimos años. En el año 2013, el salario de los trabajadores temporales fue un 37 por ciento inferior al de los indefinidos, y los trabajadores a tiempo parcial recibieron un salario equivalente a un tercio del percibido por un trabajador a tiempo completo, aunque la jornada parcial media fue aproximadamente la mitad de la jornada completa.


[1] Dato elaborado a partir de las Cuentas Económicas (INE).

[2] Datos de la EPA (INE).

[3] Calculada comparando cada trimestre con respecto al mismo trimestre del año anterior.

[4] Datos de la MCVL (2005-2013).

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