De la evaluación de políticas

 

Miguel Ángel Malo Ocaña

Publicado previamente en el blog del autor: 

http://diarium.usal.es/malo/2015/05/04/de-la-evaluacion-de-politicas/

 

Hace bastantes años, en uno de mis viajes por parajes desconocidos con sólo una mochila a la espalda, me alcanzó el atardecer en un poblado en el que para tener una buena cosecha, antes de empezar la siembra, los lugareños realizaban unos rituales complejos y magníficos durante quince días. El fasto era de tal magnitud que los rituales llegaban a consumir buena parte de la riqueza acumulada con la cosecha anterior. “Los rituales purificarán el suelo como todos los años y un suelo puro generará buenas cosechas. Son costosos y gastamos mucho tiempo y esfuerzo en ellos, pero desde que los hacemos tan sólo un año de cada diez no hemos tenido buenas cosechas. La evidencia es clara: la tasa de éxito de los rituales alcanza el noventa por cien. Por tanto, la política es correcta y debemos persistir en ella”. Estas palabras eran de un hombre que en la plaza del pueblo hablaba con voz clara y asertiva. Iba vestido con una túnica pulcra y elegante. Todos le demostraban un gran respeto.

En esas estábamos cuando, por la espalda, se llegó hasta mí un individuo. Me susurró al oído: “Ese hombre está equivocado. Y lo peor es que los demás piensan que no lo está simplemente porque usa un número para sostener su afirmación”. Quise darme la vuelta, pero él me sujeto fuertemente desde atrás. Pronunció un no rotundo, serio, inmenso. Jamás había escuchado un susurro tan conminatorio. “Es mejor que no me conozcas”. “¿Por qué?” “Porque no te debe hacer falta saber quién soy, sólo si mis razones son coherentes o no. Y lo cierto es que los rituales son una locura. Aunque en el noventa por cien de los años los rituales hayan estado asociados con buenas cosechas eso no quiere decir nada. Lo importante es que sin sacrificar todos esos recursos habría pasado lo mismo, esos nueve años habríamos tenido también buenas cosechas.”

Algunas personas habían empezado a mirarnos como si hubiesen podido oír los susurros que dejaba en mi oído aquel desconocido. “Ven conmigo”. Me di la vuelta y él (su espalda) ya estaba caminando hacia un callejón, lejos de los curiosos. Cuando entramos en el callejón estaba mucho más oscuro de lo que había esperado. Estaba justo frente a mí y no podía verle la cara; aun así continué atendiendo a su voz, que me llegaba de frente, vehemente pero serena: “Hay que comparar lo que sucede cuando se realizan los rituales con lo que habría sucedido sin realizar los rituales. Pero el hombre que has visto proclama que los que razonamos así estamos locos, que no es posible saber qué habría sucedido sin los rituales, que eso es una situación que nunca se ha dado y que es imposible de conocer. No atiende a razones cuando algunos le explicamos que no es tan difícil, que los del otro lado del valle no hacen rituales largos y costosos y, sin embargo, tienen las mismas cosechas que nosotros, porque su suelo, sus conocimientos de labranza, sus animales de trabajo, la cantidad de hombres… todo lo relevante para el resultado de las cosechas es igual que aquí… salvo que no realizan nuestros ostentosos rituales. Basta con comparar los dos pueblos, iguales en todo lo relevante para las cosechas, salvo en los rituales. Si las cosechas son iguales, como lo son, es evidente que los rituales no sirven de nada, sólo para que nuestro pueblo pierda tiempo, esfuerzo y recursos valiosos que podrían emplearse en otras cosas”.

Su voz llegó al final a ser poco más que un hilo, pero tan fuerte como el hilo de pescar que te corta al agarrarlo con fuerza y no lo puedes ignorar. Tuve que decirle que la gente acabaría por darse cuenta, porque el otro lado del valle no quedaba lejos. Él, dando un paso hacia atrás, susurró: “¿Cuándo será eso? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que eso suceda?”

No di un paso adelante. No quería hablar más con el desconocido. Con quien yo quería hablar era con el hombre que defendía los rituales agitando una tasa observada de éxito como una faca afilada por el sentido común. Salí a paso rápido y largo del callejón, sin mirar atrás, para encontrar al hombre de la túnica. Quería convencerle, razonar con él. Me decía a mí mismo que tal vez estaría más predispuesto a escuchar a un forastero que a alguien del lugar, pues a veces los que visten túnicas son así de extraños.

Ya no estaba allí. Pregunté a todo el que encontré. Aunque todos le conocían, nadie supo indicarme cómo llegar hasta él. Todo el cansancio del día se me vino encima. Aunque ya había caído la noche, agotado y pesimista salí del pueblo. Deseaba alejarme y dejarlo detrás de un monte, para acostarme en el suelo y no verlo. Tras la primera vuelta del camino, apoyé mi espalda contra un árbol que estaba alejado de la senda y me fui escurriendo sobre su corteza áspera. Me sentó el peso de una certeza: igual que ese pueblo evaluaba mal el impacto de los rituales haría lo mismo cuando tuviese que decidir si arreglar el puente o construir una escuela o ayudar a los más débiles de sus paisanos.

Me desperté poco antes de sentir el relente del amanecer. Ese frío que también trae el rocío se llevó mis recuerdos de aquel pueblo hasta un lugar lejano del almacén de mi memoria, pero no el deseo de saber siempre cuál es el impacto que de verdad tienen las políticas. No el deseo de evaluarlas, que se quedó conmigo. El recuerdo permaneció quieto hasta que en estos días  una casualidad (la lectura del capítulo quinto del Real Decreto Ley 4/2015, en especial su artículo 23) hizo regresar esta historia a mi memoria y a mi corazón.

Sirva como discreto homenaje a mi añorado amigo David Anisi y a sus Cuentos Económicos.

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